• No claudicar - Web

    No claudicar

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    Hoy es 8 de diciembre del año 2013 y en Venezuela, mi país, se celebra un sufragio para elegir alcaldes y concejales. Esa es la primera certidumbre que poseo este domingo. La segunda es que, tajantemente, voy a votar. Allí se acaban mis certezas. Pero son suficientes. Las elecciones de hoy, como cada evento comicial que ocurre en este mapa desde hace década y media, poseen un tono a plebiscito, a duelo mortal, a choque de trenes. Venezuela vive su momento más oscuro. Se soltaron los caballos del caos. La coherencia perdió la brújula

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  • Dias de furia - Web 2

    Días de furia

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    Jorge y Marielena son la clásica pareja joven que gusta de celebrar la llegada del viernes. Sí, el país está complicado, pero ellos no van a dejar que les clausure el entusiasmo por la vida. Esa noche han bebido y compartido jugosos chismes con sus amigos. Regresan a su casa un poco más temprano de lo que quisieran por esa barrera de contención llamada inseguridad. Viven en Guarenas, una clásica ciudad dormitorio, y el regreso a casa siempre es más largo de lo deseable. En una curva del camino, la camioneta cae bruscamente en un hueco y termina volteándose en aparatosos giros de desconcierto y tragedia. Luego de breves segundos, Jorge se incorpora desde el manto de fierros humeantes. Ve a su esposa inconsciente y sangrando profusamente por la cabeza. Intenta extraerla del peso de la camioneta que la aprisiona. Imposible. Aturdido, se palpa los bolsillos buscando el celular. Se dispone a llamar a la policía, a un familiar, a quien sea. De pronto, ve que tres personas bajan por la ladera donde cayó el vehículo

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  • La piñata y el mal de ojo - Web

    La piñata y el mal de ojo

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    Se trataba de una niña que cumplía sólo un año. Su primera piñata. Una fiesta que nunca recordará. Esa es una de las nostalgias del ser humano: no hay memoria de nuestros primeros gorjeos. Justo la época en que el resto de la especie nos protege y celebra. No recordamos esa época de oro donde nadie practica bullying con nosotros, ni somos pasto de la envidia, la maledicencia o el chisme. Así de relajada andaba gateando la pequeña Camila. Escasamente le dispensaba atención a los regalos que recibía. Camila no supo de los tequeños, la pizza en cuadritos o las bolitas de carne que circulaban sin descanso. No se enteró del afán del mesonero. Ni del estrés de su papá. En rigor, aún no tenía claro el nombre de su madre. El mundo, mientras lo gateas, es mucho más simple. Más allá, los adultos, en plena conciencia de la realidad, se acercaban a una botella de whisky que presidía la barra con una sensación de éxtasis inédita: ¡Aún existe! ¡Hay whisky! ¡Es 12 años! La piñata ostentaba dos logros notables: 1) No habían estridencias musicales ni payasos perifoneando entusiasmos que pocas veces triunfan. Reinaba el sonido de la voz humana,

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