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    Después

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    En Venezuela, la vida es un después. Nuestro talante ciudadano tiene una tajante línea divisoria: antes y después de Chávez. Nadie escapa a la certeza de que, después de lo ocurrido durante estos años, nunca seremos los mismos. Muchos apuestan por el país que surgirá después del ocaso de la revolución bolivariana. Otros piensan que no habrá después. Que la semilla del chavismo es invulnerable. Perdimos la opinión que teníamos de nosotros mismos. Ha quedado al descubierto que nos hemos sobrevalorado. En el mismo gentilicio donde creíamos que reinaban el humor, la generosidad y la concordia también hacen fiesta el odio, la violencia y el rencor. Caídas las máscaras, ahora somos un después. Tamaña tribulación. *** Una mañana, en mi breve viaje a Miami, visité un local de comida criolla. Son muchos los exiliados que han sobrevivido apelando a la nostalgia del paladar. La gastronomía también es un pasaporte de regreso. Al entrar al sitio veo a una joven que limpia las mesas con afán. Me saluda y, sin mediar protocolos, me cuenta su vertiginosa historia. Tiene apenas tres meses en territorio norteamericano. Se fue al rompe. Vivía en pleno Chacao, allí donde pastaron las bombas lacrimógenas y las guarimbas

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    Hola, Miami

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    En 1984 los venezolanos aprendieron a decir Adiós, Miami. Antonio Llerandi había realizado una película con ese título que hacía mofa del nuevo rico venezolano, desarmando en añicos la frase que los signaría: ‘“Tá barato, dame dos”. Apenas un año atrás había ocurrido el viernes negro y una generación entera tuvo que redefinir sus conceptos de consumo. La propia película fue emboscada por el control de cambio en mitad del rodaje en plena Miami y su título fue una expresión (¿nostálgica?) que terminó devolviéndose como un boomerang sediento de venganza treinta años después. Hoy los venezolanos, quiéranlo o no, aprenden a decir “Hola, Miami”. Es un saludo apurado, jadeante, expresado con temor y prisa, y que deja atrás la mayor de las posesiones: el país. Es decir, el asidero ontológico, la cobija del arraigo. Ya Florida no es el cielo del shopping. Ahora es la ruta de fuga más cercana. La salida más inmediata para escapar de la lluvia de balas y la ruina económica. Miami es la verdadera guarimba: el refugio

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    “Yo era un hígado”

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    “Mamá, ¿estás ahí?”, preguntó con un hilo de voz. “”Sí, hija, aquí estoy”, le respondió Gloria a la menor de sus hijas. Estaban solo a dos metros de distancia, pero ninguna podía ver nada porque tenían vendados los ojos. Ella, con un trapo maloliente. La hija con el propio suéter que vestía el día que el ejército la detuvo en una calle de Rubio, Estado Táchira. La hija respiró aliviada. Estaba en mitad del horror y saberse junto a su madre hacía todo menos amargo.

    El miércoles 19 de marzo, como todos los días de su vida desde que está desempleada, Gloria Tobón, de 47 años, se quedó lidiando con el trajín del hogar. Katheriin, la hija, fue a la tienda de bisutería donde gana un sueldo de 3.500 Bs. mensuales que penosamente alcanza para la supervivencia de ellas y tres nietos de Gloria (el mayor de 7, la menor de 4). La madre de esos niños los abandonó para irse con un hombre del pueblo. Gloria no perdió el tiempo quejándose y se dispuso a criar a los nietos. Pero ese es otro cuento. El miércoles, el Táchira entera ardía en protestas contra el gobierno nacional

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