• cronica cut

    “Yo era un hígado”

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    “Mamá, ¿estás ahí?”, preguntó con un hilo de voz. “”Sí, hija, aquí estoy”, le respondió Gloria a la menor de sus hijas. Estaban solo a dos metros de distancia, pero ninguna podía ver nada porque tenían vendados los ojos. Ella, con un trapo maloliente. La hija con el propio suéter que vestía el día que el ejército la detuvo en una calle de Rubio, Estado Táchira. La hija respiró aliviada. Estaba en mitad del horror y saberse junto a su madre hacía todo menos amargo.

    El miércoles 19 de marzo, como todos los días de su vida desde que está desempleada, Gloria Tobón, de 47 años, se quedó lidiando con el trajín del hogar. Katheriin, la hija, fue a la tienda de bisutería donde gana un sueldo de 3.500 Bs. mensuales que penosamente alcanza para la supervivencia de ellas y tres nietos de Gloria (el mayor de 7, la menor de 4). La madre de esos niños los abandonó para irse con un hombre del pueblo. Gloria no perdió el tiempo quejándose y se dispuso a criar a los nietos. Pero ese es otro cuento. El miércoles, el Táchira entera ardía en protestas contra el gobierno nacional

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  • Pozos de Agua Triste - Web

    Pozos de agua triste

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    Voy a apurar una afirmación: estamos ante el gran regreso del matiné. Las modas siempre retornan. Es parte de su naturaleza. Se vuelven olvido, nostalgia, burla y, de repente, el columpio de la historia las mece de regreso. Volvieron los disjockeys, ahora DJ´s, travestidos en estrellas pop. Volvió el disco de vinil. Reaparecieron los lentes de pasta negra. Y ahora, crisis mediante, vuelve el matiné.

    De auge en los 70 y 80, un matiné era una fiesta que se realizaba en horario vespertino y le daba licencia a los adolescentes para divertirse con el amparo de la luz del día. Era el preludio a la adultez. La planilla de inscripción para entrar luego en los complejos pasillos de la noche.

    La extravagancia es que los matinés de ahora son de adultos. La razón es una sola: instinto de supervivencia.

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  • Costumbres inquietantes - Web

    Costumbres inquietantes

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    Ciertamente, de todas las costumbres, morir es la más extraña. *** El venezolano está sucumbiendo al peligroso caldo de la costumbre. Se nos ha vuelto rutina la crisis. Vivimos bajo protesta. El paisaje urbano se ha llenado de trancazos, barricadas y marchas. El gobierno se ha convertido en un obstáculo para la serenidad. A eso, el país opositor ha agregado sus propios obstáculos. Las cadenas de Maduro intentan convertir en timidez los antiguos maratones de Chávez ante el micrófono. Y ya nos habituamos a lidiar con ese engorro. La escasez de productos es como una tos crónica y las amas de casa han armado, como cuenta Lissette Cardona en un reportaje de El Nacional, una red de cazadores. Mujeres que se agrupan para recorrer kilómetros en busca de aceite, café o azúcar. La ciudad convertida en bosque, donde hay que avistar por horas a la presa. En el proceso nacen amistades, intercambian teléfonos, datos. Y hasta llegan a ejercer el trueque: “La semana pasada cambié dos litros de leche por dos de aceite y harina de maíz por harina de trigo”, le cuenta una residente de Chacao a la periodista. El bosque, ese es el problema, está atestado de cazadores.

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