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    Boulevard

    Casa de la Poesía J.A. Pérez Bonalde, 2002

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    En lo alto de un edificio se observa la silueta de un albañil. Aún le resta medio día de trabajo. Está sentado sobre un mohoso tanque de agua y contempla a Caracas. Tiene horas allí, escuchando el documento de la ciudad, su ruido de animal en celo. El hombre entiende que la belleza también es profana. Digamos, no hay orden en el espectáculo, pero se asemeja tanto a la ópera, que se perdonan ciertas disonancias. Hay, en estos momentos, un solo espectador. En las otras terrazas: antenas, ropa al viento y torvos zamuros. Escaso público, pero la función es inmensa y agitada, como primer día de la creación, como un tercer acto de nervios y vehemencia.

    Boulevard

    Todas las tardes me dedico a deambular por esta bella ciudad de mierda

    sin mayor orden ni concierto que recoger tickets de lavandería del suelo,

    y contar toda la chatarra que consigo a mis pies

    desagües, ancianos, naranjas,

    adolescentes narcotizados,

    talleres mecánicos, dientes cariados, ojos eléctricos,

    ex boxeadores orinando la fachada de las iglesias

    vendedores de fritangas y fresas oscuras

    recitales de poesía en idiomas imprevistos

    niñas líquidas que exhiben su ombligo de cristal

    donde yo juego a encajar una esfera que no es el amor

    ni siquiera el sexo, ni una uña de tigre de Siberia,

    tropiezo con buhoneros, pensiones de mala muerte, perros rojos

    de tanto ladrar

    y corbatas dignas de un incendio

    consigo hombres escarbando en la basura

    buscando la última edición de la Biblia,

    el mejor libro de autoayuda que ha escrito alguien

    así gritan los pregoneros, así piensan los políticos en mitad de la orgía.

    Esta ciudad es un concierto de rock

    un desfile de largas piernas turbias con el nombre de la mujer que amo

    un aguacero de putas viejas y mandarinas

    un chirrido de crack en los pulmones.

    Yo escupo sobre el plexo solar de esta calle

    amanezco abrazado a los bomberos de mi urbanización

    celebro mi hastío en los parques

    los restos de alcohol que brillan en el suelo

    el delirio de los vagabundos a las dos de la tarde

    tus pechos que marean a un ascensor de hombres desesperados

    mientras Dios golpea impaciente un teléfono público

    y no puede comunicarse con los dueños de esta ciudad

    ¿quién le presta un celular, quién atiende su voz, su reclamo,

    su grito de almanaque olvidado?.

    Por las tuberías circula el pensamiento unánime de todos aquellos

    que se lavan la cara y ríen y duermen en esta bella ciudad de mierda

    y yo hundo mi rostro en este valle

    y voy con mi mosca amaestrada sobre el hombro

    con mi aspecto de peatón bautizado en aceite de luna

    flotando como una factura de hotel sobre los charcos del pavimento

    donde un ejército de vendedores de ropa interior

    y postales de la última navidad

    gritan el precio de sus vidas desperdiciadas

    y los minoristas de bluejeans proclaman el nimbo de su miseria

    en sus propios huesos zurdos

    y los astrólogos de supermercado, los porteros de los bares,

    los jefes civiles de la soledad

    repiten la vieja canción de los crepúsculos

    y la ciudad entera se derrumba

    con la dulzura de los orgasmos caraqueños.

    Bolero

    Una mujer que fue la víspera de mi caída.

    Una mujer como un rumor de piedras indóciles y amarillas.

    Sin atavíos, sin madera, sin otra índole que el olvido.

    Una mujer que se decidió alambre para mis párpados.

    Llevo como una noticia lenta el colmillo de su adiós.

    Mi voz es un humo que se aleja.

    No tengo mucho que decir.

    Sólo contradicciones y unos ojos preparados para la frontera.

    Me derrumba el lado izquierdo de esta música.

    Mi insistencia es una cicatriz con su nombre.

    Un jardín de vocales un poco rancias.

    Pierdo el ritmo, rompo lo blanco,

    se detiene mi sangre

    en el brusco jueves de una mujer.

    Allá, al fondo de los semáforos.

    Donde ningún peatón advirtió el desastre.

    Guaire

    En Caracas hay un río que todos los días olvidamos. Más que un río, es un hilo marrón y atormentado, un desagüe del mundo. El hedor horizontal de nuestras vidas. Pero también es río y tiene orillas. Caminarlo, en esta ciudad, es privilegio de vagabundo. Nadie más posee esa mirada, ese ángulo de la autopista. Es su paisaje privado. Porque estamos hablando de un río solitario y malquerido. Sólo aquellos que pertenecen a la geometría de la miseria lo poseen. De vez en cuando deberíamos extrañarlo. Es la cintura de nosotros, el agua última de nuestra ciudad.

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