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    El crujido de los optimistas

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    Es martes, nueve de la mañana, mastico una arepa tibia mientras veo cómo en Al Rojo Vivo, un programa de noticias extravagantes, producido por Telemundo, dedican cinco minutos a reseñar, con alarma, la agresión a cuchilladas que recibió un hombre de avanzada edad en el Bronx neoyorquino para quitarle un celular. La noticia era pródiga en detalles. Entrevistaron a vecinos y políticos locales que se espantaban por lo ocurrido, aunque la víctima sobrevivió al ataque. Yo estaba más sorprendido que ellos. Pensé en todo lo que se estaban perdiendo. Si el programa se produjera en Venezuela tendrían kilómetros de contenido con la jornada noticiosa de solo un día. ¿Qué tal una iglesia llena de feligreses atracada en plena misa? ¿Se les antoja una pareja asesinada de 17 balazos porque la mujer le lanzó un vaso de cerveza en la cara a un impertinente que quería bailar con ella? ¿No les han contado de la refriega en Sabaneta con ojos vaciados de sus cuencas, miembros castrados y orejas a lo Van Gogh por todo el suelo? Ese programa, si fuera realizado en nuestra patria segura, sería cancelado por exceso de inverosimilitud.

    Mi corredor de seguros es uno de los hombres más optimistas que conozco.  Cada vez que le pregunto cómo está, me suelta: “Mejor sería un descaro!”. Y no es un enchufado del régimen. Es un venezolano promedio, que montó un ciber café para complementar su sueldo, y que utiliza un arma extraordinaria para combatir el día a día: el humor. Su optimismo es una forma de supervivencia. Pero ese día llegó con el desánimo en ristre. Apenas dijo: “hoy sí llegué a tiempo para el desayuno”, recurrente parlamento que expresa para auto-invitarse. Yo siempre lo despido con una risa en la puerta. Esta vez, en su bigote mexicano, no había la mínima sospecha de una sonrisa.

    El país se ha vuelto una larga quejumbre. Hay un sólido menú de lamentaciones crepitando en el mapa nacional. Sí, sabemos que no hay azúcar, que la leche en polvo es una quimera, que el aceite abunda en su ausencia, que el papel tualé es un producto vintage, que los apartamentos en alquiler son una nostalgia, que el dólar es una bofetada salvaje, que la luz eléctrica es una extravagancia, que los malandros deciden nuestra vida, que los hospitales son un monumento a la vergüenza, que las cárceles hacen rehilar de miedo a Satanás y que la corrupción es el verdadero oxígeno del país. Todos nos quejamos. Hasta los discípulos de la revolución, entrenados para la alabanza y el aplauso, se la pasan lamentándose. Se quejan de los embates del imperio, de la derecha retrógrada, disociada, golpista y oligofrénica, de la aviesa manipulación de los medios, de la supuesta guerra económica, de las siniestras intenciones de la otra mitad del mapa. Conclusión: el país entero se ha convertido – por sus cuatro costados de asfalto, mar, selva, y frailejón- en una interminable quejumbre.

    Hastío. Desasosiego. Titulares que no caben en el entendimiento. Todo este panorama arroja como saldo una foto inquietante: se le movió el piso al país. Todo se ve borroso. Estamos fuera de foco.

    Oscar Wilde decía que el descontento era el primer paso en el progreso de una nación. Una frase efectiva, inspiradora. Y aquí descontento hay para regalar a los aburridos de Groenlandia. Pero sigue sin pasar nada. Los lunes llegan con sus nuevos titulares para el desaliento. La negligencia consolida su reino. Los abusos de poder hacen metástasis. Los presos políticos se apagan en las cárceles. Y la morgue se traga vorazmente a los venezolanos.

    No hay trago de whisky donde no se campaneen las angustias del país. No hay cola en la parada de autobús donde alguien no se queje en voz alta, y un coro de asentimientos lo escolte. En las universidades, en las mesas de dominó, en el mercadito parroquial. A la gente solo le queda una opción a la que se aferra con vehemencia: los optimistas.

    ¿De qué están hechos los optimistas? ¿Qué saben que no saben los demás? Churchill decía que los optimistas son aquellos que ven una oportunidad en toda calamidad. Es un rol que, entre otros, suelen encarnar los políticos de oposición. “Falta poco para que todo cambie!”, así gritan, declaran, insisten. Y es lo que razonablemente deben hacer. Se exhiben como el punto de luz en tanta noche.  Los optimistas dan los buenos días con firmeza. No redactan nubes en sus frases. Su voz no tolera otra temperatura que el aplomo. Son las pequeñas huestes de la sensatez. Son fecundos en ideas para superar cualquier crisis (Guillaume Guizot afirmaba que los optimistas son quienes transforman al mundo). Contagian temple y serenidad. Nos hablan del país sin una sola gota de agobio ni desesperación. Como si la lluvia fuera simplemente el anuncio de otro sol.

    Pero la semana pasada algo ocurrió. Tal vez el desastre ya no cabe en ningún galpón del asombro. No sé si lo de Nicolás Maduro cayéndose de la bicicleta fue demasiado metafórico. Quizás fue mucho sótano de la historia la imagen de un Pran ondeando en su mano el corazón sangrante de otro Pran, mientras Iris Varela comentaba en televisión, contentica, que ya los privados de libertad vestían bragas amarillas. O el burdo descaro del avión que voló de Maiquetía a Francia con 30 maletas atestadas de cocaína, mientras en otros terminales a algunos pasajeros les decomisaban un kilo de queso guayanés o una caja de torontos. O tanta impunidad. Tanta anarquía. Tanta ley sin ley.

    Lo que pasó esta última semana fue una seguidilla de frases que parecían haber nacido de la misma boca. Pero ocurrió con gente diversa. Todo lo que decían desembocaba en un denso océano: el pesimismo. Lo inusual era que ocurría en los optimistas habituales, personas acostumbradas a la fragua dura, constructores de ánimo, boxeadores de la voluntad. Por una u otra razón me los había topado en días distintos y allí estaban, con la sonrisa torcida, y los ojos calados en una opacidad inesperada.

    Con cierta frecuencia nos reunimos a almorzar tres escritores y un director de teatro. Solemos conversar el país. Intercambiamos angustias y criterios. Compartimos datos irritantes sobre la zigzagueante política nacional. Por sanidad, nos obligamos a apostar por la complicada luz al final del túnel y el irrecusable triunfo de la cordura. En la jornada abundan las humoradas, el sarcasmo y la trastienda de algunos episodios de resonancia. Suelen ser tardes donde la cofradía de la amistad vence, con holgura, la adversidad de los tiempos que corren. Poco a poco conquistamos territorios más nobles. Hablamos de libros insoslayables, anécdotas felices, reímos con impudicia. Sabemos que es una victoria momentánea. Sabemos que una vez devueltos a nuestra vida ordinaria el país volverá a treparse en nuestras espaldas como un orangután menesteroso.

    El pasado viernes nos detuvimos a comentar las miserias que bullen en la industria del espectáculo. Diseccionamos la prepotencia y patanería de cierto personaje que suele irrespetar a sus colegas – y más si son mujeres- mientras en un monólogo teatral alardea de su sabiduría para entender el alma femenina. Un personaje que en esos días paseaba su ofuscación por las redes sociales al ver exhibida públicamente su misoginia y vocación para el maltrato. Eso nos hizo aterrizar en el estado moral del territorio donde vivimos. La crisis venezolana, ya lo sabemos, ha generado una vaguada tronante que arrasó sin piedad el sistema de valores que nos constituye. Aquí se han terminado por imponer los cínicos, los chulos de la política, los mediocres, los indolentes, los desnudos de ética, los intransitables, los regentes de la violencia, los malandros del poder. Cada vez más, revolución y corrupción riman demasiado.

    Esa tarde, debo decirlo, cuando nos despedimos, no éramos los mismos de siempre. Había un sonido roto en nuestro abrazo. Era el crujido de los optimistas.

    Al día siguiente cenaba con un humorista acostumbrado a dispensarle buenos ratos al público venezolano. Su habilidad es lograr que la gente, dos horas después, tenga una sonrisa colgada en el rostro, aderezada, como si fuera un Martini, con una aceituna de reflexión. Cenábamos en un restaurante con otros amigos. La conversación se fragmentó en grupos. Quizás esa circunstancia lo indujo a confesarme, casi en tono clandestino: “Estoy preocupado. Deprimido”. Me hablaba de “la desesperanza aprendida” como algo ya instalado en el espíritu colectivo. Yo me orillaba a su talante cuando justo en ese momento dos añosas damas se acercaron a agradecer la tenacidad y la lucha indeclinable. Cuánto orgullo. Dimos gracias, abochornados. Luego que se alejaron lo suficiente, volvimos a masticar el vidrio de la depresión.

    Según parece, hay gente que no tiene derecho al desaliento. Se infiere que Henrique Capriles, líder de la oposición, no se puede permitir un resquicio de pesadumbre, un domingo de hastío, o la fugaz certeza de que esto se lo llevó el diablo. Se entiende que Ramón Guillermo Aveledo debe hablar siempre como si fuera un micro de “Venezuela en Positivo”. Se presume que Julio Borges, y su semblante cejijunto, deben proclamar a viva voz la inevitable victoria electoral, que Carlos Ocariz no puede renunciar a la levedad triunfal de su sonrisa. Se conjetura que sí hay patria, aunque obviamente no sea esta.

    Quizás es sano que a los optimistas les sea otorgado un día a la semana para deprimirse, para caer como un bulto inerte sobre la cama, para apagar el zumbido extravagante de su esperanza, para lamerse las heridas de lo improbable, y dejar que el crujido de su desazón se expanda sin pudor. Los optimistas, cómo dudarlo, merecen su día sabático.

    Pero que el resto no se preocupe, pues esa raza suele estar acompañada por los tercos, los insistentes, los adictos a la democracia, los obsesivos de la libertad, todos ellos más empecinados y definitivos que aquellos demoledores de ilusiones que hoy reinan en la malquerida república de nuestros insomnios. Diría un optimista.

    Leonardo Padrón