Una sola voz múltiple

A estas alturas del drama venezolano, nadie duda que la unidad total se impone como la única estrategia posible para desalojar a la dictadura. El descalabro de la vida abarca a los humildes, a la agónica clase media, a los sectores productivos, al mundo académico, a los llamados representantes de Dios en la tierra, a los propios militares y a millares de personas que alguna vez creyeron que la revolución reivindicaría su lugar en el mundo. La paradoja es cómo, con un sentimiento tan unánime de repudio a un régimen, no logramos articularnos en una misma maniobra definitiva. Si seguimos remando en direcciones distintas, más lejos se nos pondrá la orilla que debemos alcanzar. Si cada quien pone el peso en un lado distinto, la madera que sostiene al régimen nunca se quebrará. Estamos entrampados. La desesperación por tanto intento fallido ha subido el volumen de las diferencias. Cada quien esgrime una tesis distinta sobre cómo salir de Maduro y su camarilla. Cada uno se cree dueño de la razón. Cada cual asume que su discurso es el más sensato. Una borrachera de soberbia en plena sala de terapia intensiva. Y, peor aún, ya nadie cree en nadie. Las etiquetas llueven como granizo: “radicales”, “mudistas”, “colaboracionistas”, “traidores”.