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    La ciudad de la furia

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    La pareja acaba de almorzar. Cheo recorre los canales de televisión con pereza. Alicia deambula por el cuarto en franela y ropa interior mientras busca un short. Una estampa sensual que él agradece. Es allí donde estaciona sus ojos. En las piernas de su esposa. De pronto, ella interrumpe un gesto: “¿No oíste como unas llaves?”. Cheo desestima pero, maquinal, se asoma al pasillo. Sorpresa. Del cuarto de huéspedes emerge un desconocido. Desde la sala se aproximan otros dos hombres y una mujer. No son rostros, son pistolas. El mediodía del sábado acaba de perder su coherencia.

    Diez minutos después, Alicia y Cheo están atados y acostados boca abajo en el suelo. Un hombre lo golpea. Una, dos, tres veces. Su espalda cruje. Le pregunta por la caja fuerte. Sería presuntuoso tenerla. No habría mucho que guardar allí. Cheo gana lo que promedia cualquier miembro de la clase media venezolana. Los delincuentes echan la casa abajo, rompen gavetas, arrojan al piso estantes, papeles, adornos. Como si odiaran.

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  • FRAGMENTOS DE UNA MONTAÑA RUSA - Web

    Fragmentos de una montaña rusa

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    Saldo de dos semanas de vacaciones con mis hijos: un elefante de 2.500 kilos me aplasta contra la cama. Allí ando, bocabajo, la espalda demolida, las articulaciones crujiendo, la billetera en ruinas y una sonrisa de satisfacción que no admite ser desalojada por el tonel de oscuras noticias que signan al país.

    Se supone que todo viaje recreacional entraña el descanso como primer mandamiento. Pero un viaje, no importa su naturaleza, es también esfuerzo, ahínco. Cuando sales de tu hogar, sales de ti. Hay un extrañamiento en proceso. Tu rutina queda abolida y entra en juego el vapor de lo distinto. Apenas despertarte, tu mirada entiende que debe acoplarse a otro juego de relaciones con el mundo físico. Incluso si es un espacio conocido. Ya no estás en tu siempre. Los cinco sentidos lo saben.

    Vacacionar debería ser también considerado un deporte.

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  • Sin título-1

    Un hombre rodeado de agua

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    Apenas tenía doce años cuando, desde un ferry que iba a Margarita, su papá avistó la isla de Cubagua y le soltó a rajatabla: “A que no nadas de aquí hasta allá”. El hijo, con el desenfado de los adolescentes, le dijo que sí, pero sólo se quedó viendo con atención esa larga distancia azul. Veinticinco años después atravesaba a nado 63 kilómetros de mar abierto. Era la primera gran hazaña de Antonio Saint Aubyn, un cumanés de apellido francés y genes portugueses que todos llaman Toño y muchos sospechan que tiene más alma de anfibio que de humano

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