• Sin título-1

    Hormigas de la esperanza

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    Llegamos a la sala de espera de una clínica. Mi madre necesitaba ser atendida por un traumatólogo. El sitio estaba atestado. Un joven se levantó para cederle su asiento. Algunos esperaban desde las 7 am y ya eran las 4 de la tarde. Son los momentos en los que agradezco llevar un libro conmigo

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  • Dias de Feria - Web

    Un día de feria

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    Sábado, 7:30 am. Se reporta un cúmulo de personas agolpándose en un lateral del Centro Comercial Metrópolis, en Valencia. No, no hay allí un Bicentenario. No es Farmatodo. No es una turba en búsqueda de leche, jabón en polvo o acetaminofén. Es gente que quiere ser la primera en acceder al recinto donde ese día, a las 10:00 am, se inaugura la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). Ha pasado quince veces en quince años. La feria ya es una saludable quinceañera de muy buen ver. Bailar el vals sería un anacronismo fuera de contexto. Ya el remolino humano es una celebración.

    La inusual multitud no obedece a la mágica conversión, de la noche a la mañana, de miles de personas en frenéticos lectores. La FILUC, y toda feria de libros, tiene también mucho de evento social. Un acontecimiento que ocurre solo una vez al año y donde asisten escritores, editores, alcaldes, periodistas de todas partes. La palabra escrita convertida en noticia. Por una vez al año, el libro sale de sus catacumbas en busca de lectores. Se exhibe, alza la voz, hace señas y aspavientos, cancela su pudor habitual y finalmente se convierte en protagonista. Para lograr eso hay rebajas, novedades, charlas con figuras mediáticas, firma de libros, talleres gratis, foros de actualidad. Se construye el fabuloso intento de que la lectura sea una adicción colectiva

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    La ciudad de la furia

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    La pareja acaba de almorzar. Cheo recorre los canales de televisión con pereza. Alicia deambula por el cuarto en franela y ropa interior mientras busca un short. Una estampa sensual que él agradece. Es allí donde estaciona sus ojos. En las piernas de su esposa. De pronto, ella interrumpe un gesto: “¿No oíste como unas llaves?”. Cheo desestima pero, maquinal, se asoma al pasillo. Sorpresa. Del cuarto de huéspedes emerge un desconocido. Desde la sala se aproximan otros dos hombres y una mujer. No son rostros, son pistolas. El mediodía del sábado acaba de perder su coherencia.

    Diez minutos después, Alicia y Cheo están atados y acostados boca abajo en el suelo. Un hombre lo golpea. Una, dos, tres veces. Su espalda cruje. Le pregunta por la caja fuerte. Sería presuntuoso tenerla. No habría mucho que guardar allí. Cheo gana lo que promedia cualquier miembro de la clase media venezolana. Los delincuentes echan la casa abajo, rompen gavetas, arrojan al piso estantes, papeles, adornos. Como si odiaran.

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